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Mons. Torres: “Ecumenismo y sinodalidad inmersos en el espíritu ecuménico, en una diversidad reconciliada”

Compartimos la nota realizada por la periodista Virginia Bonard para prensacelam.org a nuestro Obispo Auxiliar Mons. Pedro Javier Torres

Transitando el tiempo de Sínodo de la Sinodalidad 2021-2023 al que nos invita el Papa Francisco, entrevistamos a monseñor Pedro Javier Torres, obispo auxiliar de Córdoba (Argentina), presidente de la Comisión Episcopal de Ecumenismo y Diálogo Interreligioso de la Conferencia Episcopal Argentina: “Siendo que Jesús se entregó por la salvación de todos los hombres, se prepara en la casa del Padre un cielo ecuménico e interreligioso, y si vamos a compartir la eternidad adorando y gozando de la gloria del único Amor cómo no empezar a conocernos y compartir desde ahora».

Estamos inmersos como Iglesia católica en esta invitación que nos hace el Papa Francisco al Sínodo de la Sinodalidad 2021-2023. ¿Cómo entra el ecumenismo en esta propuesta global? ¿Qué implica la dimensión ecuménica del camino sinodal, tomando las palabras del cardenal Koch y el cardenal Grech?

Me resonó lo de “inmersos” en la pregunta,  me evoca el bautismo, sumergirse, zambullirse, dejarse mojar, empapar por el espíritu ecuménico en la experiencia sinodal de caminar juntos… gracias.

Yo creo que esta propuesta de incorporar lo ecuménico en el camino sinodal indicado para toda la Iglesia entra como moción del Espíritu, en docilidad al Espíritu que habla a las Iglesias, como dice el Apocalipsis. Espíritu que de hecho es el gran protagonista tanto del camino ecuménico que la Iglesia ha abrazado con nueva pasión desde el Concilio Vaticano II, como de la sinodalidad, que es un caminar juntos descubriendo lo que Dios hace y propone en la historia para nuestra salvación.

El Papa Benedicto, al celebrar los cincuenta años del inicio del Concilio, en 2012, hacía notar que “contrariamente a lo que cabría esperar, el encuentro con los grandes temas de la época moderna no se produjo en la gran Constitución pastoral (Gaudium et spes), sino en dos documentos menores cuya importancia sólo se puso de relieve poco a poco con la recepción del concilio” refiriéndose a la declaración sobre la libertad religiosa y al dedicado a las relaciones con las religiones no cristianas.

Nosotros, con el desafío de un cambio epocal acelerado por la pandemia que sufrimos, estamos invitados providencialmente a la fraternidad y al diálogo que la construye. ¿Cómo no sumar entonces el dialogo ecuménico a esta búsqueda de escucha y discernimiento que nos permita reconocer el paso de Dios?

De hecho la carta recibida de los Cardenales Grech y Koch destaca cuatro razones para esta incorporación que merecerían un largo desarrollo en nuestra oración y reflexión teológica: 1. La participación de todos los bautizados en el sensus fidei; 2. Siendo el ecumenismo (y de hecho la vida) un «intercambio de dones», uno de los dones que los católicos pueden recibir de los demás cristianos es precisamente su experiencia y comprensión de la sinodalidad; 3. Destacan que es un factor decisivo para la credibilidad de la Iglesia; 4. El Sínodo es reconocido como una oportunidad para fomentar las relaciones ecuménicas y de hecho lo ha mostrado la experiencia sinodal de estos últimos sesenta años a todos los niveles.

Desde el redescubrimiento del don del bautismo como clave de la identidad eclesial, hasta la experiencia de los dones vividos en estos años resuena muy fuerte  este llamado, en la voz del Papa, a unir sinodalidad con ecumenismo.

Entiendo que la sinodalidad no es una mera metodología, sino un modo de ser iglesia, de caminar juntos, que requerirá muchas conversiones: desde el redescubrimiento humilde y adorador del Misterio de Dios, el único absoluto, hasta la búsqueda de un nuevo modo de vivir la autoridad para que sea realmente servicio y entrega de amor, un llamado convertirnos a una fraternidad que, como los santos, incluye hasta el cuidado de la casa común.

Creo que de la experiencia de sinodalidad de nuestros hermanos Orientales y ortodoxos tenemos mucho para aprender, como también de las búsquedas y realizaciones de otros cristianos.

¿Cuál es su diagnóstico del estado de situación en América latina y el Caribe de la vida del ecumenismo, de su amplitud, de su cabida en el seno de la unidad en la diversidad?

Es muy difícil hacer un diagnóstico de toda América porque, aunque las declaraciones comunes han sido, como muy ricas en Aparecida, las realizaciones y los desafíos son muy dispares. Me parece central en la pregunta reconocer que no debemos aspirar a la uniformidad sino a la diversidad reconciliada.

El Espíritu que conduce a la unidad es al mismo tiempo autor de la diversidad que enriquece: carismas, dones ministerio… Si los Monjes mártires de Argelia se preguntaban con profundidad mística qué lugar ocupa en el misterioso plan providente de Dios el Islam, lo mismo podemos preguntarnos en cada Iglesia particular sobre las experiencias religiosas e inclusos de ateísmo o agnosticismo presentes en nuestros entornos. ¿Qué lugar ocupan en el plan de Dios?

Si la Asamblea Eclesial de América latina nos sirviera de barómetro para un diagnóstico  de la situación de América toda, diría que costó mucho que el tema ecuménico estuviera presente. Se percibe más sensibilidad y preocupación frente a la interculturalidad y el fenómeno pentecostal que hacia una cultura del encuentro y el aprecio de lo ecuménico.

Puede que me equivoque, o que haya sido por las opciones metodológicas de una primera asamblea, por otra parte riquísima, pero quedó sabor a poco en los agentes pastorales que trabajan en ecumenismo. Será tarea también en este tiempo sinodal hacer realidad las opciones de los 12 desafíos también en clave ecuménica.

Cabe agregar que necesitamos replantearnos que el diálogo ecuménico e interreligioso es parte del envío misionero como proponía tan claramente San Juan Pablo II y en este sentido para ser comunidad misionera y en salida mucho nos falta caminar.

¿Cómo estamos en Argentina en este tema, cómo viene siendo nuestro itinerario teniendo como antecedente el compromiso concreto del cardenal Bergoglio —hoy Papa Francisco— con sus gestos de unidad entre cristianos de diversas vertientes desde los inicios del siglo XXI?

El entusiasmo y el compromiso de muchos Laicos son notables; son como un pequeño germen de esperanza y, aunque en Argentina, por regalos de la Providencia, vivimos vínculos ecuménicos serenos y fecundos no me animo a decir que sea una realidad valorada por todo el pueblo de Dios. Muchos miedos históricos, más el individualismo y la indiferencia de la cultura emergente frenan incluso a consagrados y ministros del altar a contagiarse de la pasión de Jesús por la comunión expresada en la oración de la última cena.

El testimonio del Papa Francisco deja huellas más que importantes pero faltan agentes pastorales preparados y comprometidos en este tejido de hospitalidad mutua que es el encuentro, el respeto, la tolerancia y aún más el aprecio por lo diverso del otro. Creo que San Agustín decía: en lo esencial unidad, en lo accidental diversidad, en todo caridad.

 ¿Qué sigue en este trayecto como propuesta para las Iglesias particulares mirando siempre el Sínodo 2021-2023?

Considero que la carta de Octubre de los cardenales Koch y Grech marcan objetivos e itinerarios concretos y sugerentes para que en la escucha del camino sinodal se incluya a todos los bautizados tanto a nivel diocesano como de las conferencias episcopales. Si eso se pone en práctica creo que podremos cosechar los frutos no solo de un diálogo ecuménico teológico, sino a nivel del ecumenismo de la vida, del trabajo por la justicia y la solidaridad, e incluso del testimonio común de nuestra fe en Cristo.

Muchas veces ha destacado el Papa Francisco, como lo hiciera San Pablo VI en Uganda, que quienes persiguen a los cristianos no se interesan tanto a qué denominación perteneces. La sangre de tantos mártires de ayer y de hoy que aman hasta dar la vida seguirá siendo un anuncio fecundo en este momento de tantas incertidumbres y —por qué no— de esperanzas, como el presente.

«Me gusta pensar que siendo que Jesús se entregó por la salvación de todos los hombres, de maneras para nosotros desconocidas se prepara en la casa del Padre un cielo ecuménico e interreligioso, y si vamos a compartir la eternidad adorando y gozando de la gloria del único Amor cómo no empezar a conocernos y compartir desde ahora.» (Mons. Torres)

 

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