En comunión con la Iglesia en todo el mundo, este domingo 28 de diciembre, Fiesta de la Sagrada Familia, la Iglesia de Córdoba celebró la clausura solemne del Año Jubilar. La solemne misa tuvo lugar en la Catedral Nuestra Señora de la Asunción y fue presidida por el arzobispo, cardenal Ángel Rossi SJ, junto a los obispos auxiliares Mons. Alejandro Musolino SDB y Mons. Carlos Ñáñez.
Participaron sacerdotes y diáconos de la arquidiócesis, junto a la comunidad de fieles que se reunió para dar gracias por este tiempo vivido como una oportunidad para renovar la fe, reavivar la esperanza y asumir con mayor compromiso el llamado a ser testigos del amor de Dios.
La familia, escuela de humanidad y esperanza
En su homilía, el cardenal Rossi puso en el centro a la familia, recordando que en ella se juegan cuestiones fundamentales para el desarrollo de las personas, difíciles de suplir por otras instancias. “Es en la familia donde vivimos las primeras experiencias de la vida y donde se configura nuestra manera de situarnos ante el mundo”, señaló.
Lejos de una formación teórica, la familia fue presentada como un verdadero “laboratorio práctico” donde se aprende a vivir y convivir: la acogida, el respeto por el diferente, la ayuda mutua, la comunicación sincera, las manifestaciones afectivas y el perdón. También como el primer ámbito donde se experimenta la gratuidad, al contemplar la entrega cotidiana de los padres por sus hijos: dar sin medida, amar sin condiciones.
Con palabras sencillas y profundas, el arzobispo invitó a revisar si nuestras familias son verdaderos sacramentos del amor de Dios o si corren el riesgo de convertirse en meras convivencias funcionales. “¿Hay puentes tendidos entre esposos, entre padres e hijos, entre hermanos?”, preguntó, subrayando la importancia del diálogo como signo de gozo y apertura.
Familias que dialogan y siembran esperanza
El cardenal remarcó que dialogar no es solo conversar, sino animarse a compartir el mundo interior: los sueños, las alegrías, las heridas y los miedos. Recordó que muchos padres trabajan para “darles el mundo” a sus hijos, pero olvidan abrirles el libro de su propia vida. Abrazar, besar y hablar espontáneamente, afirmó, cultiva la afectividad y rompe los lazos de la soledad.
En este camino, invitó a las familias a asumirse como sembradoras y no como controladoras: a educar no desde el control, sino desde la confianza, dejando alas más que mapas, sembrando criterios y valores que un día darán fruto. “No les dejo mi libertad, sino mis alas”, recordó, expresando con fuerza esta misión educativa.
El Jubileo: una puerta que se vuelve camino
Al reflexionar sobre el sentido del Año Jubilar, el cardenal Rossi retomó palabras del papa Francisco, quien sintetizó su objetivo como un llamado a “quitarnos las cenizas de la costumbre y del desentendimiento, para convertirnos en portadores de la llama del Espíritu”. En este sentido, subrayó que el Jubileo no es solo un tiempo que pasó, sino una puerta que se cruzó y que ahora debe hacerse camino, estilo de vida y modo de proceder.
Durante este Año Santo, la arquidiócesis celebró diversos jubileos (de los sacerdotes, de las familias, de la vida consagrada, de los catequistas, de los adultos mayores, de los jóvenes, de los migrantes, de los periodistas, de los movimientos sociales, entre otros ) con la convicción de que no hay ningún ámbito donde la esperanza no tenga un lugar preferencial.
El Jubileo, recordó, se abrió para que a todos les sea dada la esperanza: la esperanza del Evangelio, del amor y del perdón, especialmente allí donde la vida está herida, los sueños rotos, la soledad pesa y el cansancio parece vencer.
Mirar el pesebre y seguir caminando
Que la clausura del Jubileo coincida con el tiempo de Navidad fue leída como un signo providencial. “Volver al pesebre, invitó el cardenal, es contemplar la ternura de Dios que se nos regala en la fragilidad de un Niño y preguntarnos si esa esperanza sigue viva en nuestro corazón”.
Desde esta contemplación nace también el envío. El Jubileo no se cierra como una experiencia que queda atrás, sino que continúa en la vida concreta de la Iglesia. Lo que fue puerta se vuelve camino, renovando el compromiso de la Iglesia en Córdoba de seguir caminando como comunidad que abre puertas, tiende puentes y lleva esperanza allí donde más se la necesita.
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Puertas que se cierran, corazones que permanecen abiertos
En los últimos días, en Roma, comenzó la clausura progresiva de las Puertas Santas en las basílicas papales, signo visible del tiempo de gracia vivido por la Iglesia. En la solemnidad de la Navidad se realizó el cierre de la Puerta Santa de la basílica de Santa María la Mayor, presidido por el cardenal Rolandas Makrickas, quien recordó que, aun cuando la Puerta Santa se cierra, “el corazón de Dios permanece siempre abierto”. Al día siguiente, se cerró la Puerta Santa de la basílica de San Juan de Letrán, donde el cardenal vicario de Roma, Baldassare Reina, subrayó que la herencia del Jubileo es la proximidad: manifestar la presencia de Dios allí donde faltan fraternidad, justicia, verdad y paz.
El domingo 28 de diciembre fue cerrada también la Puerta Santa de la basílica papal de San Pablo Extramuros. La celebración fue presidida por el cardenal James Michael Harvey, arcipreste de la basílica, quien señaló que el cierre de la Puerta Santa marca la conclusión visible del Año Jubilar, pero reafirma su significado más profundo. “En la liturgia de la Iglesia —expresó— lo que se cierra siempre es un tiempo, pero la misericordia de Dios permanece perpetuamente abierta; lo que permanece abierto es el camino de conversión y esperanza que este tiempo ha generado”.
La clausura definitiva del Jubileo Ordinario tendrá lugar el próximo 6 de enero de 2026, solemnidad de la Epifanía del Señor, cuando el Papa cierre la Puerta Santa de la basílica de San Pedro. Mientras tanto, como recordaron las celebraciones en Roma y lo vivido en las iglesias locales, el Jubileo deja una misión abierta: volver al mundo como testigos creíbles de esperanza, llevando a la vida cotidiana el don recibido y manteniendo abierta la puerta de la misión, porque el mundo tiene necesidad de Cristo.