El pasado sábado nos volvimos a encontrar con el corazón dispuesto para recordar algo fundamental: ser Ministro no se reduce a un simple servicio de sacristía ni a cumplir con un rito formal. Nuestra auténtica vocación nos llama a salir de la comodidad, ponernos en marcha y abrazar el dolor ajeno para convertirnos en un refugio real y cercano para quien más lo necesita. A través del repaso de la Liturgia y la Pastoral de la Salud, renovamos la certeza de que no llevamos una devoción abstracta, sino a Cristo vivo. Por eso, el reto principal es dar el salto de la mera asistencia funcional hacia el don personal, entregando tiempo, escucha y ternura en cada visita.
Esta jornada nos dejó marcada una huella profunda al meditar en las palabras de San Marcos (10, 45): «Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud». Seguir los pasos de Jesús implica encarnar este servicio desinteresado en el día a día, reconociendo que cada enfermo y cada persona sufriente es un altar donde la fe cobra sentido. Nos fuimos renovados y con el compromiso de ser esa presencia viva que consuela, acompaña y transforma.