Les compartimos un pequeño testimonio de las últimas palabras dichas por Monseñor Rovai unos días antes de ser internado en el Hospital Cardiológico. Decía él:
“Mirando a la realidad eclesial pienso (y aún con sus limitaciones y sabiendo que puede seguir mejorando) que la parroquia es el mejor lugar que expresa a la Iglesia. Allí están todos: grandes y chicos, y en todas las situaciones que la vida presente. Si bien es cierto que el Cristianismo terminó convirtiéndose en una religión de los templos y allí toda su rica expresión litúrgica y arquitectónica…, hay que volver a los Hechos de los Apóstoles, a las raíces del judeocristianismo primitivo y de los primeros siglos de la historia de la Iglesia para percibir una rica experiencia de gran vitalidad eclesial. La Iglesia surge y crece como una religión de la casa, de la familia, la domus ecclesiae. De allí esa rica vida de la fe compartida en lo doméstico y entre las casas de los vecinos , entre sus alegrías y tristezas, entre sus trabajos y descansos, entre sus preocupaciones cotidianas con sus logros y fracasos. La oración, la Palabra, la fracción del pan, la atención de los más necesitados… Una Iglesia cercana, familiar, entre risas y lágrimas. Esa familiaridad eclesial es la esencia del cristianismo que hará que mantenga su frescura y vigor.
Cuando entré al Seminario siempre soñé con ser cura párroco, pero Dios me llevó por otras caminos. Era lo que yo había visto en mi adolescencia y eso quería hacer.
Me ha tocado dedicar muchos años de mi vida al estudio y reflexionar sobre muchas cosas, pero lo que siempre me ha hecho feliz es estar entre la gente y ver cómo la gente quiere a sus curas. El obispo queda desapercibido frente al conocimiento y el vínculo que cada cura establece con su gente y viceversa. Hay algo muy especial y profundo en eso. Así lo vi y sentí en mis visitas pastorales en Villa María.
Un cura párroco nunca muere solo, siempre lo hace con su gente alrededor. Me ha edificado muchas veces ser testigo de eso al despedir a algunos sacerdotes. Recuerdo especialmente cuando murió el P. Marcelino Juan. La gente lo tocaba en el cajón, lo acariciaban y hasta parecía que lo peinaban con la mano. El cariño del pueblo por su pastor.
No se trata de dejar los templos, sino de redescubrir en este tiempo de sinodalidad, que no es más que vivir sostenidos por la espiritualidad de la comunión, esa dimensión de la Iglesia como casa y familia.
Y al final de mi vida, aunque no he sido párroco, Dios me regaló estar en una parroquia, con la gente, celebrando la Misa, predicando, escuchando y confesando, un verdadero ministerio del consuelo, he sido realmente feliz yendo a la parroquia, viviendo así mi sacerdocio, para esto me hice cura”.
Descansa en Paz, Monseñor Rovai y te quedas en el recuerdo amoroso de tu pueblo creyente que te acompañó en tu peregrinar por estas tierras…
Monseñor José Ángel Rovai. Obispo emérito de Villa María. (q.e.p.d.) Falleció el 19-6-2024