CENTINELA DE ESPERANZA (homilía)
La esperanza tiene mucho que ver con la sinodalidad porque es la virtud del hombre que camina, colgado de una promesa.
La esperanza no es un lujo que me doy, no es algo que decido si tenerla o no.
Es la virtud que más le gusta a Dios, y es, con el gozo, lo que más nos reclama el mundo.
El gozo es el signo de una vida vivida en esperanza.
De mi esperanza dependen muchas esperanzas.
De cómo miremos hacia adelante, de cómo nos comportemos frente al dolor, frente al límite, frente a las pruebas daremos testimonio de nuestra esperanza.
Para mí el ícono más lindo del lema de este encuentro lo tiene el Profeta Isaias: Centinela, cuánto queda aún de noche, y el centinela me contesta… ya llega mañana (Is, 11-12).
Desesperanza: 2 formas: la desesperación: ¡basta ya! Elías que se tira bajo una retama y pega el grito.
Aire quejumbroso: Discípulos de Emaús. Emaús: raje de la Cruz y de la Resurrección. Nosotros esperábamos… Frase llena de desencanto
En una carta-testamento que le escribía el P. Longhaye a Grandmaison –ambos jesuitas-lo prevenía contra la desesperanza:
“Querido Leoncio, ya llevas varios años en la Compañía, por lo tanto ya has conocido el desencanto. Desencanto de vos mismo, de los estudios de la Compañía, de sus hombres y sus obras.
Ahora que ya has conocido el desencanto te voy a decir dos cosas.
La primera: Sea lo que sea lo que tengas que ver y quizá que sufrir, ¡que Dios te guarde del desencanto consentido!”1
No nos está permitido el desencanto consentido: Queda claro que una cosa es experimentar el desencanto, pero otra muy distinta es consentirlo. Experimentarlo es inevitable; consentirlo, en cambio, se puede evitar, es opción: consentimos cuando lo instalamos en el corazón, empezamos a dialogar con él y terminamos viviendo de él, y entonces comienza a impregnar nuestras actitudes, a influir en nuestros juicios duros, ácidos, a filtrarse en nuestras palabras, en nuestros comentarios, en nuestras homilías. En fin: se hace mensaje, con el peligro de que nos volvamos anunciadores entristecidos, profetas de calamidades, pesimistas crónicos.
Volviendo al testamento, si éste era el primer consejo, el segundo le gana en sencillez y contundencia:
“Por tanto mi segundo deseo, mi deseo supremo es: ama a Jesucristo, hermano Leoncio, apasiónate cada día, cada vez más de su Persona. Sea que tengas que ser en la Compañía profesor, predicador, escritor o misionero (…) famoso o no, oscuro o célebre, ocupado en los más grandes ministerios o en los más humildes, al menos que se te conozca en tu campo de acción como el hombre lleno y poseído de Jesucristo, que habla siempre de Jesucristo y habla de la abundancia de su corazón… Tú no serás de aquellos que conciben por el Maestro una suerte de pasión más bien intelectual, de esos que lo aman con la cabeza y la sensibilidad, sin tener el coraje de entregarle el fondo de tu alma. Y tú rogarás para que yo deje de ser uno de ellos…”
En una situación parecida Pablo le dirá a Timoteo: reavivá el don que te ha sido dado y no te avergüences del Evangelio:
Soledad, inadecuado para la misión, ha dejado de rezar.
Para decirle reavivá el don se vale de la palabra griega Anazopirein: ana, significa para arriba, y piro es fuego… sacá el fuego de debajo de las cenizas, no está apagado, está tapado.
No queremos consentir al desencanto,
No queremos acostumbrarnos a la frase lamentosa, al tono derrotista, tan justificados como estériles.
No queremos ser cómplices de esta cansada resignación que tantas veces nos invade, sino que, en fragilidad, como “sanadores heridos”, deseamos poner de pie al caído, dar ánimo, allanar el camino, suavizar las penurias, ser un soplido fresco en las heridas.
Una esperanza que se manifieste en los gestos de aproximación.
El Señor, después de los 40 días de soledad en el desierto, inmediatamente, empieza a contactar, se acerca a los de la barca, se une con ellos y empieza a decir: “el Reino está cerca”, entra en casa de Simón, toca al leproso, le vienen los enfermos… Es decir, de pronto todo él se hace contacto.
Va de acá para allá: de Galilea a Judea, de Judea pasando por Samaria y aquí engancha a la samaritana, y allí toca a un leproso, y allí cura al epiléptico.
Dolores Aleixandre: La esperanza nos pone en camino, en dirección a los otros.
Acortemos distancias.
Tendamos manos.
Invirtamos en relaciones
Hagamos amigos
Liberémonos de las cosas y enganchémonos con las personas
Discurramos cómo incluir, incorporar, tejer redes
Disfrutemos al sentarse con otros en el banquete de la vida.
Yo creo que en todo lo que tiene que ver con la proximidad, con la calidez, tendríamos que ser expertos, “expertos en humanidad” (Fco)
Alejandro Casona, “Los árboles mueren de pie”: Un hombre entra a la farmacia y viendo lo que está comprando una señora y el rostro que tiene se da cuenta que está por hacer un macanazo. La sigue. Se fija donde entra. Se enciende una luz en el primer piso. La escena se traslada a la habitación donde la mujer está en esa lucha terrible, cuando le tocan la puerta. Abre, y no hay nadie, y al cerrar baja la vista y ve en el piso un gran ramo de flores. Lo levanta, entra y descubre entre las flores una tarjetita con una sola palabra: MAÑANA. Y esa palabra entre flores la salva. Nuestra vida tiene que ser algo así un mañana entre flores, símbolo de la ternura.
Doña Jovita: esperanza
Si pensando en el pasado nos invade la añoranza,
ay que cargar la balanza con lo bueno del presente
Para escuchar claramente el canto de la esperanza.
Cuando nos gana el cansancio y perdemos la confianza
Cuando las fuerzas no alcanzan y queremos aflojar
Siempre nos vuelve a alumbrar el brillo de la esperanza
Después de una noche larga llega siempre el nuevo día
Cuando falta la energía, cuando las penas avanzan,
Esa luz de la esperanza es promesa de alegría
Que no se apague jamás esa llamita encendida,
Que ilumina la salida por un camino seguro
Cuando se nos pone oscuro
El sendero de la vida.






