El pasado lunes 8 de septiembre, la Abadía Gaudium Mariæ de las Hermanas Benedictinas en San Antonio de Arredondo, se llenó de un espíritu de profunda fe y hermandad. Religiosas y religiosos de seis diócesis de la región centro de Córdoba se unieron para celebrar el Jubileo de la Vida Contemplativa, un evento que reafirmó el valor del silencio y la oración en un mundo ajetreado.
La jornada comenzó con una peregrinación. El Santísimo Sacramento, llevado en procesión, guio a los participantes desde la entrada de la abadía hasta la iglesia. Este recorrido, acompañado de cantos y reflexiones, sirvió como un momento de preparación espiritual para la Misa.
La Eucaristía, el corazón del encuentro, fue presidida por el Cardenal Ángel Rossi SJ, concelebrada por Mons. Alejandro Mussolino SDB, el P. Pablo Ureta OCD, el P. Gerardo, ermitaño y el Capellán de las monjas Benedictinas. Fue un momento solemne y lleno de significado, donde las voces de las diferentes comunidades se unieron en oración.
En su homilía, el Cardenal Ángel Rossi instó a la Iglesia y, en particular, a la vida contemplativa, a volver a sus orígenes. Según el Cardenal, la fe no puede ser una práctica estática ni defensiva; por el contrario, debe ser una fuerza viva, “recién nacida”, que se desprenda de sus propias seguridades para poder transformarse. Nuestro Arzobispo advirtió que una vida consagrada que se aferra a la supervivencia y se cree poseedora de la verdad, se vuelve “mortecina” y no logra contagiar ni provocar nada. El verdadero sentido de esta vocación, argumentó, se encuentra en arriesgarlo todo, incluso al punto de “asomar al vértigo del fracaso”.
El Cardenal Rossi también hizo un llamado a la humildad, destacando la importancia de una vida consagrada que no busca el brillo ni la exhibición. Citando a Edith Stein, recordó que la historia a menudo es moldeada por personas que nunca aparecen en los periódicos. En su homilía, el Cardenal describió la vida contemplativa como la capacidad de “entrar en las entrañas de Dios”, un espacio de misericordia que acoge a todos sin excepción. Imaginó a la vida consagrada como un “sacramento de acogida, de escucha y de hospitalidad”, capaz de conmoverse ante el dolor de su pueblo y de ofrecer un refugio, como un “ciprés siempre verde”, que cura las heridas y reconstruye las almas.
Después de la Misa, la comunidad compartió un almuerzo fraterno. Este espacio, fuera del rito formal, permitió a los participantes conectar a un nivel más personal. El encuentro culminó con unas palabras del Cardenal Rossi sobre la Sinodalidad y la Vida Contemplativa, un tema que invita a la reflexión sobre el caminar juntos en la fe.
La presencia de diversas comunidades, las hermanas del Carmelo de San José , las hermanas Carmelitas de Alta Gracia, los hermanos de los monjes de la Santa Cruz , las hermanas Siervas del Espíritu Santo de Perpetua Adoración, las hermanas de , Monjas Benedictinas, y hermanos y hermanas ermitañas de Río Cuarto, Prelatura de Deán Funes y de Córdoba y 4 hermanas contemplativas Dominicas, fue un testimonio del poder de la fe para unir a personas de diferentes vocaciones. Fue un día para dar gracias a Dios por el don de la vida contemplativa y por la oportunidad de compartir la fe en comunidad.