Una multitud de fieles se acercó este domingo a la Basílica de Santo Domingo para saludar a Nuestra Madre del Rosario del Milagro y acompañarla en procesión hacia la Iglesia Catedral. Entre cantos, oraciones y pañuelos al aire, el pueblo cordobés volvió a mostrar su fe viva, su gratitud y su amor a María.
La Misa central, presidida por el Cardenal Ángel Rossi SJ y concelebrada por los obispos Mons. Ricardo Seirutti, Mons. Horacio Álvarez y Mons. Alejandro Musolino, junto a nuestro arzobispo emérito Mons. Carlos Ñáñez y los vicarios Pbro. Melchor López, Pbro. Munir Bracco y Pbro. Osvaldo Morero, fue el corazón de una jornada colmada de fe, emoción y comunión.
Acompañaron también sacerdotes de toda la Arquidiócesis, consagradas y consagrados, y una gran representación del pueblo fiel que, con devoción y alegría, caminó junto a la Virgen.
Estuvieron presentes además autoridades provinciales y municipales; entre ellas el Intendente de la Ciudad, Daniel Passerini; el Vice intendente, Javier Pretto; la Vicegobernadora, Miriam Prunotto; la Secretaria de la mujer, Claudia Martínez y la Directora general de culto, Mara Pedicino Keuroghlian, quienes se unieron a esta gran celebración del pueblo de Córdoba.
En el marco del Jubileo Arquidiocesano, y en sintonía con el llamado del Papa Francisco a ser “Peregrinos de Esperanza”, caminamos juntos para renovar nuestra fe y pedir por un mundo más justo, fraterno y solidario, iluminados por el amor de la Virgen.
Este año, con especial ternura, se puso la mirada sobre los migrantes, “esas barcas que buscan un puerto seguro”, como expresó el Cardenal en su homilía. Muchas comunidades trajeron las imágenes de sus Patronas, mostrando que la Iglesia es una sola familia que abraza con amor su diversidad.
“Necesitamos mirar a los ojos a los que llegan —nos recordó el Arzobispo— para abrirles los brazos y el corazón. Que en ellos no encuentren la frialdad de la indiferencia, sino la ternura del abrazo cristiano”.
Durante su homilía, el Cardenal Ángel nos invitó a mirar a María como “la mujer que camina con prontitud”, aquella que “sale de su casa sin demora para acompañar, consolar y servir”.
“Camina nuestras calles —dijo—, entra en las casas, en los hospitales, en las cárceles, en los asilos… y nos susurra con ternura: ¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?”.
El Arzobispo también recordó que María enseña a permanecer de pie en medio de las tormentas, a mirar con amor lo esencial y a poner el corazón en el servicio.
“Ella encarna un protagonismo que no le tiene miedo a la ternura, que dignifica a quien está caído y que se hace cercanía concreta”, expresó con emoción.
Al llegar a la Catedral, la procesión se convirtió en un gran abrazo comunitario. Los aplausos y cantos se mezclaron con lágrimas y sonrisas. Y en las palabras finales del Cardenal resonó un llamado que tocó todos los corazones:
“Venimos a María para vendar nuestras heridas, consolar nuestros duelos, liberarnos de los miedos… Pero también salimos de aquí enviados, misionados, para llevar su consuelo a los más cascoteados por la vida”.
Así, Córdoba celebró su Fiesta Patronal Arquidiocesana con el alma encendida.
Una Iglesia en camino, unida, agradecida y confiada en el amor maternal de María del Rosario del Milagro, nuestra Madre, que sigue caminando con nosotros, enseñándonos a mirar, servir y amar con esperanza.
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