La Falda nos recibió con su aire de montaña y esa luz clara que despierta el corazón. Desde temprano, los jóvenes comenzaron a llegar a la Capilla Sagrado Corazón, donde los esperaban un desayuno sencillo, saludos que se reencontraban y la alegría fresca que trae siempre el volver a verse. Muy pronto se hizo visible que nuestra Iglesia joven está viva, en movimiento, con ganas de encontrarse y de ser comunidad.
La mañana continuó con la feria de grupos juveniles, un espacio lleno de color, creatividad y propuestas. Cada grupo compartió su carisma, su historia y su manera de vivir la fe. Bajo el lema “Amigos, por lo tanto testigos”, esa feria se convirtió en un verdadero mapa de la riqueza pastoral que la Arquidiócesis guarda en sus jóvenes.
Hacia el mediodía comenzamos la peregrinación hacia el Santuario Eucarístico del Santísimo Sacramento. Fue un caminar sereno, compartido, donde las canciones, los silencios y la oración se entrelazaron sin esfuerzo. Allí, en el Santuario, la adoración al Santísimo abrió un tiempo profundo de encuentro con Jesús, un momento de quietud que invitaba a dejarse mirar y abrazar por su presencia.
Después vino el almuerzo a la canasta, con mates, charlas y amistades nuevas que se fueron tejiendo espontáneamente. La tarde avanzó con la muestra cultural y de talentos, que llenó de música, arte y expresiones juveniles cada rincón. Luego, las distintas actividades propusieron juegos, reflexiones y espacios de diálogo que ayudaron a seguir creciendo juntos en la fe.
Durante toda la tarde, la Pastoral de la Escucha estuvo presente ofreciendo un espacio cercano y sereno para quienes necesitaban hablar o sentirse acompañados. El sacramento de la Reconciliación también tuvo un lugar muy especial: varios sacerdotes estuvieron disponibles para confesar, y muchos jóvenes se acercaron a renovar su corazón con ese gesto tan simple y tan grande a la vez.
En la misa, celebrada dentro del Santuario, nuestro arzobispo Ángel invitó a todos a volver la mirada hacia Jesús crucificado. Tomó como punto de partida aquella escena del Evangelio donde “el pueblo permanecía allí y contemplaba”, y desde ese gesto humilde nos llamó a hacer lo mismo: fijar los ojos en Él, como propone la Carta a los Hebreos.
Habló de personalizar la Pasión, de reconocer que Jesús va a la cruz también por cada uno. Trajo a la homilía una imagen profunda del cardenal Newman, quien decía que Dios nos mira “a título individual”, que conoce nuestras luchas, nuestras alegrías, nuestros pensamientos más íntimos. Una mirada personal, única, cercana.
Luego se detuvo en el gesto del Buen Ladrón, que dice simplemente: “Jesús, acordate de mí”. Y recordó cómo Jesús —aun en la cruz— responde a esa súplica confiada. Trajo también una reflexión de San Agustín que imagina al Buen Ladrón diciendo: “Él me miró, y en su mirada lo comprendí todo.”
Desde allí, el arzobispo presentó a Jesús como el Maestro de la Mirada, el que mira primero y revela lo mejor de cada uno.
Invitó a dejarnos mirar por Dios, a permitir que su mirada purifique la nuestra: la forma en que nos miramos a nosotros mismos, la manera en que miramos al prójimo, y la forma en que miramos la vida. Recordó la enseñanza de San Ignacio sobre comenzar la oración preguntándose “cómo Dios me mira”, y mencionó la reflexión de Henri Nouwen sobre la serenidad y profundidad del rostro de Cristo.
Casi al finalizar, compartió una frase luminosa de San Agustín: “Mírame, Señor, para que pueda amarte.”
Y concluyó recordando que el testimonio cristiano nace de la amistad con Jesús, de saberse, como el discípulo amado, queridos y acompañados. Desde allí —y no desde el esfuerzo solitario— brota la alegría de anunciarlo.
En sintonía con el Papa León XIV
Lo vivido este fin de semana no fue un encuentro aislado, sino que se enmarcó en la invitación que el Papa León XIV hizo a los jóvenes de todo el mundo para esta JMJ diocesana, celebrada cada año en la solemnidad de Cristo Rey.
El Papa nos recordó que Jesús llama “amigos” a sus discípulos, y que de esa amistad nace el testimonio. Invitó a los jóvenes a dejarse renovar por Cristo, a escuchar su corazón, a dejarse guiar por Él, y a convertirse —con la fuerza del Espíritu Santo— en peregrinos de esperanza.
En su mensaje, el Santo Padre insistió en dos caminos muy concretos para los jóvenes:
- Ser testigos desde la amistad con Jesús, que nos regala una identidad nueva y nos enseña a vernos como “discípulos amados”.
- Ser constructores de paz, llevando la fraternidad a los lugares donde crecen la división, la indiferencia o la violencia.
La jornada en La Falda fue un eco vivo de estas palabras: un día en el que la amistad con Jesús se hizo experiencia concreta y la fraternidad se volvió camino común.
Un encuentro así no se sostiene sin el servicio generoso de tantos corazones.
Agradecemos especialmente a los grupos de jóvenes que acompañaron en distintos momentos: La Cate, el Movimiento de la Palabra, el equipo de trabajo de la Asamblea Arquidiocesana 2026, y el grupo de animación “En Contra”.
Gracias también a los sacerdotes, que celebraron, confesaron y acompañaron; a las religiosas y consagradas, presentes con su cercanía discreta; y a la Pastoral de la Escucha, que ofreció un espacio cálido de acompañamiento durante toda la tarde.
La Falda nos regaló más que una jornada: nos devolvió al corazón.
Nos recordó que la fe se enciende caminando juntos, que la mirada de Jesús sostiene, y que nuestra Iglesia joven tiene mucho para ofrecer: alegría, creatividad, fraternidad y testimonio.
Que este encuentro siga siendo semilla de esperanza, como pide el Papa, y que nuestros jóvenes continúen descubriendo —día a día— que Jesús los llama amigos… y los envía como testigos.