En la noche del 24 de diciembre, la Catedral de Córdoba fue el lugar de encuentro para celebrar la Misa de Nochebuena, presidida por el arzobispo cardenal Ángel Rossi SJ, en el inicio de una nueva Navidad marcada por el deseo profundo de volver al pesebre y dejarnos tocar por el misterio de Dios hecho niño.
En su homilía, el Padre Ángel invitó a la comunidad a “ir a Belén”, a acercarse al Niño Jesús con un corazón sencillo, capaz de confiar, de hacerse cargo y de aprender la ternura. En un contexto mundial atravesado por la violencia y, a nivel nacional, por el dolor que golpea especialmente a los más pobres, recordó que la Navidad no puede dejar de celebrarse, porque en la Encarnación se encuentra la fuerza para vencer el miedo, el desencanto y la desesperanza.
“El pesebre —señaló— es ese lugar al que volvemos siempre los cristianos para reponernos, para despojarnos de la soberbia, reencontrarnos con lo sencillo y renacer en los valores del Evangelio”. Desde allí, animó a llevar al Niño Jesús todo lo vivido durante el año: las alegrías y los logros, pero también las heridas, las pérdidas, los fracasos y las sombras, confiando en su ternura sanadora.
La homilía fue también un llamado concreto al compromiso: reconocer hoy a Jesús en los más frágiles, en los pobres, los enfermos, los solos, los migrantes, los privados de la libertad, y a cuidar de ellos como hijos especialmente queridos de Dios.
Al finalizar la celebración, el arzobispo se sumó a compartir la Cena de Navidad para Todos, una cena comunitaria organizada por la Iglesia del Carmen, que desde hace años ofrece en Nochebuena un espacio de encuentro, contención y celebración para quienes más lo necesitan.
La iniciativa, impulsada por la parroquia ubicada sobre La Cañada (Figueroa Alcorta 160), se realizó en esta oportunidad en el colegio de las Hermanas Dominicas. Hasta allí llegaron familias, personas en situación de vulnerabilidad y numerosos voluntarios que, con generosidad y compromiso, hicieron posible una nueva edición de esta Navidad compartida.
Así, la celebración litúrgica y el gesto solidario se unieron en una misma experiencia: una Navidad que no se queda solo en palabras, sino que se hace cercanía, mesa común y fraternidad, como signo concreto del Dios que quiso nacer entre nosotros.