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Con María, un pueblo que camina y se acerca – Peregrinación a Alta Gracia 2026

En la Gruta de Lourdes, en Alta Gracia, el tiempo parece detenerse.

Mientras la ciudad dormía, miles de personas estaban en camino. Algunos comenzaron desde la tarde anterior al 11 de febrero; otros se sumaron en la madrugada. Jóvenes, familias, adultos mayores, enfermos, amigos que se sostienen unos a otros. Cada paso sobre la autovía fue una oración silenciosa. Cada kilómetro, una ofrenda.

La peregrinación a la Virgen de Lourdes no nace de una convocatoria formal ni de una estrategia organizada: brota del corazón del pueblo. Es fe popular. Es amor agradecido. Es súplica confiada. Es el gesto sencillo y poderoso de quienes saben que tienen una Madre y van a su encuentro.

Bajo el lema “Con María, amar llevando el dolor del otro”, una multitud de personas volvió a abrazar la noche cordobesa para llegar a la casa de la Virgen. Y al llegar, el cansancio se transformó en paz. En la Gruta, entre velas encendidas y miradas emocionadas, cada uno encontró su propio diálogo con Dios.

Una casa que recibe

Desde la vigilia con adoración al Santísimo hasta el Rosario de la Aurora, desde las primeras misas de la madrugada hasta la celebración de la tarde, el Santuario fue hogar abierto. Se rezó, se cantó, se agradeció. Se lloró también. Porque Lourdes es lugar de consuelo, especialmente para los enfermos y para quienes cargan dolores visibles e invisibles.

A las 6 de la mañana, cuando el cansancio todavía se notaba en los rostros y en los pies, se celebró la Santa Misa de los Peregrinos. La presidió nuestro obispo auxiliar, Mons. Alejandro Musolino, Vicario de los Jóvenes. Frente a una multitud profundamente conmovida y con una presencia juvenil que emocionaba, compartió algo que muchos sentían en el corazón: “ver tantos jóvenes caminando durante la noche es un verdadero signo de esperanza.”

Cada paso, cada esfuerzo, cada respiración fue un gesto de cariño a la Virgen. Y también una manera de confiarle búsquedas, dolores, sueños y decisiones.

Con mirada de pastor y corazón salesiano, Mons. Alejandro invitó especialmente a rezar por los jóvenes que hoy están más frágiles, más heridos, más solos. En un tiempo en que se habla tanto de ellos, animó a que podamos convertirnos en parte de la respuesta: creando espacios donde se sientan escuchados y queridos, sosteniendo su camino educativo, ofreciendo presencia y cercanía concreta. Ser comunidad que acompaña, que previene, que abraza.

También tuvo una palabra serena para quienes quisieron peregrinar y no pudieron llegar. Reafirmó que Dios mira el corazón y conoce las intenciones. El gesto de amor, sea cual sea la cantidad de km que pudieron hacer,  fue recibido. En la Eucaristía estuvieron presentes todos, todos, todos.

La mañana dejó una imagen luminosa: la esperanza tiene rostro joven. Y nuestra Iglesia sigue apostando por ellos con confianza y ternura.

A medida que avanzaba el día, el Santuario seguía recibiendo peregrinos. Algunos regresaban a sus hogares; otros llegaban recién por la tarde. La Gruta no se vaciaba: cambiaban los rostros, pero no la búsqueda.

Entre celebración y celebración, el predio se llenaba también de niños y niñas que dibujaban a María con colores brillantes, que apretaban fuerte el rosario entre sus manos pequeñas o encendían una velita con el corazón lleno de ternura. Se escuchaban susurros simples y profundos: “Gracias, Virgencita”… “Te quiero mucho, mamá María”.

Lo que había comenzado en la noche con pasos juveniles y cantos madrugadores fue tomando, con el correr de las horas, un tono más sereno y contemplativo. En ese mismo corazón materno que había acogido a los jóvenes al amanecer, se reunieron quienes cargaban dolores pesados, preocupaciones hondas, fragilidades del cuerpo y del alma. Y fue allí donde el cardenal Ángel Sixto Rossi SJ volvió a poner la mirada en María, la Madre que “está allí”, especialmente cuando el corazón humano toca su límite.

Consolados para salir al encuentro

La peregrinación no es un refugio para quedarse encerrados. Es una experiencia que envía.

En su homilía, el Arzobispo recordó que somos consolados para poder consolar. Que venimos a la casa materna a juntar fuerzas, porque el mundo necesita gestos concretos de cercanía. Y resonó fuerte una palabra sencilla: “Acércate”. Acércate a Dios. Acércate al que tenés lejos. Acércate al que sufre. Da un paso hacia adelante.

Eso fue, en definitiva, lo que se vio durante toda la jornada: un pueblo que no pasa de largo frente al dolor.

Una Iglesia que acompaña

Como Arquidiócesis, acompañamos esta expresión profunda de fe popular con gratitud y respeto, sabiendo que es el propio pueblo el que sostiene y transmite esta devoción año tras año.

Agradecemos especialmente a los diáconos y sacerdotes que durante horas ofrecieron el sacramento de la reconciliación y la bendición; a los miembros de la Pastoral de la Salud, que brindaron su escucha cargada de cuidado y ternura; a la Pastoral de Adicciones, que acompaña procesos de vida con paciencia y esperanza; a la Vicaría de Jóvenes, que animó y caminó junto a tantos chicos y chicas; y a la Vicaría de los Pobres, presencia concreta de una Iglesia que no se desentiende del dolor social.

Gracias al personal de salud y seguridad dispuestos a la atención necesaria, a los servidores y personal del Santuario, a los Frailes Carmelitas que acogieron  y sirvieron hasta el los mínimos detalles, a los servidores que estuvieron entregando el agua bendita y a los que acompañaron a los niños y niñas en el espacio de evangelización organizado para ellos.

También a todos los servidores anónimos que, con entrega, hicieron posible que esta fiesta fuera vivida con cuidado y fraternidad

Un paso hacia adelante

Al caer la tarde quedaba en el aire algo más que una celebración multitudinaria. Quedaba una certeza: no estamos solos.

La Virgen de Lourdes vuelve a recordarnos que su corazón es refugio, pero también impulso. Que nos abraza… y nos envía.

Que lo vivido en Alta Gracia no quede solo en la emoción de una jornada intensa ni en el recuerdo de una caminata exigente. Que se transforme en decisión concreta. En ese paso hacia adelante del que habló el padre Ángel: un paso en la misericordia, en la cercanía, en el tiempo ofrecido al que sufre, en la paciencia con el que lucha, en la esperanza compartida.

Porque la peregrinación no termina en la Gruta. Continúa en nuestras casas, en nuestros barrios, en nuestros hospitales, en nuestras comunidades. Continúa cada vez que elegimos no pasar de largo.

“Con María, amar llevando el dolor del otro” no es solo un lema para un día al año. Es una forma de vivir encarnando el Evangelio cada día.

Que nuestra Madre de Lourdes nos siga enseñando a estar allí. Allí donde alguien necesita consuelo. Allí donde falta esperanza.

Y que, como pueblo creyente, sigamos caminando juntos, sabiendo que ella siempre camina con nosotros.

HOMILÍA DEL CARDENAL ÁNGEL ROSSI AQUÍ

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