En el marco del Jueves Santo, celebramos la Misa Crismal, una de las celebraciones más significativas del año litúrgico, en la que se consagran los óleos que serán utilizados en los sacramentos a lo largo del año y los sacerdotes renuevan sus promesas.
La celebración, presidida por nuestro Arzobispo, Cardenal Ángel Rossi SJ, y concelebrada por nuestros Obispos Auxiliares; reunió al presbiterio y al pueblo de Dios en un momento de profunda comunión eclesial, que marca el inicio del Triduo Pascual.
Durante la homilía, se destacó una imagen que iluminó toda la reflexión: la necesidad de vivir una fe con “dos oídos”, “uno en el Evangelio y el otro en el pueblo”. Esta expresión, inspirada en el testimonio del beato Enrique Angelelli, invita a una escucha integral, capaz de unir la relación con Dios y la atención concreta a la realidad de las personas.
En este sentido, se subrayó que la escucha del Evangelio no puede quedar reducida a lo teórico o espiritual, sino que debe traducirse en una fe encarnada, que se deje interpelar por el sufrimiento, las luchas y las esperanzas del pueblo. Del mismo modo, se remarcó que no hay verdadera adoración a Dios si se permanece indiferente ante las situaciones que vulneran la dignidad humana.
La homilía también puso en el centro la misión de los sacerdotes, quienes renovaron sus promesas en medio de la celebración. Lejos de una mirada idealizada, se los reconoció en su fragilidad y en su entrega cotidiana, como hombres que caminan junto a su pueblo y que son enviados a consolar, acompañar y servir, especialmente en los ámbitos donde la vida se vuelve más difícil.
En este marco, se hizo un llamado a toda la Iglesia a no permanecer con “los oídos cerrados, los ojos vendados o las manos atadas”, sino a dejarse enviar con disponibilidad, con un corazón atento y con gestos concretos de cercanía.
La Misa Crismal se presenta así como un momento privilegiado para renovar la identidad y la misión de la Iglesia: una comunidad que escucha, que camina con su pueblo y que se compromete con la realidad, llevando la presencia de Cristo allí donde más se necesita.
Al iniciar el camino pascual, como Iglesia de Córdoba elevamos una acción de gracias por la vida y el ministerio de nuestros sacerdotes, y los encomendamos a la protección de la Virgen María, pidiendo que sean sostenidos en su vocación y fortalecidos en su servicio.